En el actual ambiente del mundo, una de las necesidades prioritarias tanto de los gestores como de los especialistas es capacitarse para generar nuevas configuraciones en el pensar, sea para sorprender en flagrante a los cambios en el escenario, sea para responder a oportunidades o dificultades.
Esas configuraciones (o estrategias) no están a la venta en tiendas y tampoco disponibles en “páginas web” de ninguna naturaleza. El interesado tiene que aprender a construirlas con su propio "equipo".
Una vez haya aprendido el proceso, las alternativas serán infinitas.
Solamente la inteligencia humana, cuando en actitudes y procedimientos creatégicos – esto es, al integrar estrategia y proceso creativo –, puede autoconfigurarse para la transición, lo imprevisible, lo todavía-no-existente y los llamados Imposibles e Invencibles.
Son muchas las variedades del pensar. Existe un pensar que parece hecho para que el sujeto supuestamente pensante viva confuso. La calidad más frecuente consiste en solamente repetir aprendizajes y modismos. Y, campeón de la simpatía, existe aquel pensar que, por la enajenación, contribuye para que nada venga a resultar.
Pensar, sin embargo, es "la operación mediante la cual la inteligencia interviene en la realidad con algún propósito". Resolver, crear, transformar, descubrir, inventar y anticipar son algunos de los verbos que funcionan como adjetivos del pensar.
En la cultura predomina un pensar que, como si estuviera mansamente guiado por un piloto automático, casi se limita a repetir aprendizajes y conocimientos. Pero, aunque minoritario, existe también un pensar activo, que procura intervenir en el mundo. La tónica operacional de este "pensar interventor" es no limitarse a repetir. Su papel consiste, como mínimo, en repensar.
Cada ser humano dispone de ambas las posibilidades. Algunos autores llaman al primero de "pensar linear". Y el segundo recibe muchos sobrenombres: lateral (De Bono), creativo, estratégico, transformador, innovador.
Importa señalar dos hechos. Primero, nada hay de malo o equivocado en el pensar manso o repetidor, hasta porque es económico y siempre ocupará la mayor parte del tiempo de la inteligencia, sin embargo, merece oxigenarse (actualizarse y "fertilizarse") mediante el pensar interventor. Segundo: como el primer uso que cada individuo hace de la inteligencia es repetir, ese funcionamiento del pensar se instala y se acomoda como si fuera el único.
A lo largo de la vida, algunas personas van a encontrar otras "maniobras" para el pensar. Por ejemplo, la costumbre de la lectura estimula algunas tácticas o bamboleos al pensar del lector, algo análogo a "canales" que abren nuevos recorridos en el proceso mental. Prácticas profesionales, convivencias, opciones filosóficas o religiosas, contactos densos con otras culturas, terapias analíticas, tensiones y polémicas, en fin, las experiencias procesadas por algún grado de reflexión, también abren recorridos o tácticas. Pero tales aprendizajes consisten casi siempre en "maneras" que van siendo adoptadas accidentalmente. Ya que son desprovistos de método, en eso se quedan. No constituyen una dinámica generadora de nuevos recorridos, movimientos y tácticas. Es como si fueran estaciones de destino para la inteligencia.
En cualquier cultura, en cualquier actividad profesional, en cualquier nivel de escolaridad, solamente una minoría adquiere alguna fluidez en el "pensar interventor", aquel que, por fuera de lo instalado, recomienza, descubre, inventa, transforma, innova, anticipa, emprende, gestiona.
Los precursores que hasta mediados del siglo veinte se interesaron por el fenómeno creatividad (Coleridge, Valéry, Hadamard, Poincaré, Kekulé, Whitehead, Freud y el propio Einstein), algunos ya a finales del siglo diecinueve, dirigían su esfuerzo para entender "el proceso mediante el cual generamos ideas".
Fue de destacar el movimiento que se desarrolló a partir de la década de 50 basado en la Creative Education Foundation, Buffalo, Nueva York. Su intrépido fundador, Alex Osborn, hasta porque era un publicitario, se empeñó en favorecer "la creación de ideas nuevas, relevantes y originales". De hecho, crear ideas ha marcado mucho la fundación norteamericana. Pero fue en esa institución, o a su alrededor, que se desarrollaron técnicas e instrumentos que generaron actos y productos calificados como creativos.
Sin embargo, el hecho que desencadenó, a principios de la segunda mitad del siglo 20, el movimiento por la educación creativa fue la descubierta de que el pensar creativo puede ser deliberado. Anteriormente se creía que la creatividad fuese una "centella accidental". Tanto la creencia de que sería una centella como la noción de que sería accidental fueron desde entonces desmentidas por la práctica metodizada del proceso creativo.
Cuando algunos brasileños – incluso el fundador de ILACE – fueron a Buffalo en la década de 70, ya empezaba a esbozarse la metodología del proceso creativo, bajo la denominación de CPS (Creative Problem Solving). Por algún tiempo, el sistema resolutorio donde desagua esa metodología se llamó “general system”. Se abandonó esa denominación que tenía el mérito de recordar el carácter sistémico de la jornada resolutoria.
A partir de aquella descubierta de que el proceso creativo puede ser deliberado, se desarrollaron varios métodos e instrumentos para el pensar y se redescubrieron algunos antiguos, a ejemplo de la mayéutica. Fue en ese camino que avanzó lo que hoy se denomina en los cinco continentes como la metodología del proceso creativo.
La metodología del proceso creativo empieza por las funciones innatas del pensar, sin cualquier pretensión de interferir en ellas. Hace permanentemente el recuento de las habilidades del pensar, trata de ampliarlas mediante nuevos procedimientos y actitudes, y les acrecienta el raciocinio sistémico y la sensibilidad a procesos, que son las grandes carencias de las prácticas del pensar, tanto en los sistemas de enseñanza como en las instituciones y empresas.
Históricamente se puede decir que esa metodología se originó en el arte de pensar, puesto que rescata instrumentos y cuestionamientos practicados en la antigüedad clásica, al mismo tiempo que incorpora reflexiones y desarrollos del pensar moderno y contemporáneo.
Son tan recientes las descubiertas y los desarrollos que el lenguaje no consigue acompañarlos. Por ejemplo, mismo en círculos formadores de opinión podemos encontrar la palabra “creatividad” entendida con las significaciones de la década de 50 o mismo antes.
Es frecuente encontrar creatividad como sinónimo de imaginación, que era el “ingrediente” para el cual se volvía la atención de los primeros investigadores y el propio Osborn. Una de las grandes contribuciones de los investigadores americanos resultó en haber transitado del planteamiento inicial sobre imaginación e ideación para el proceso creativo. Esta noción de proceso los llevó primeramente a descubrir que alternar las actitudes mentales de divergencia y convergencia es la clave para hacer deliberado el pensar creativo; y después notaron que ese tipo o calidad de pensar no resulta de solamente uno u otro atributo de la inteligencia, pero de una malla de funciones, procedimientos y actitudes.
Lo que llamamos de pensar creativo constituye un desempeño diferenciado de las funciones y habilidades de la mente que integran el patrimonio natural de todos los seres humanos.
La fusión metodológica que ILACE alcanzó del pensar estratégico con el proceso creativo no solo amplía la gama de aplicaciones para el invento de Osborn, Parnes, Noller y tantos otros, sino que confiere a su usuario un poder de autonomía y transformación inédito en la historia del pensar.
La Resolución Creatégica de Desafíos sorprende y entusiasma profesionales de las más diversas especializaciones por los diferenciales que acrecienta al usuario. Pero encararla solamente como la metodología resolutoria avanzada que es, puede resultar en no notar sus principales retribuciones: movilizar y “alargar” el pensar activo, volviéndolo instrumento de ciudadanía y transformación el en actual ambiente del mundo. Es esa visión la que generó la expresión: “descascarar las piñas y reinventar el mundo”.
Por tanto, además de los resultados alcanzados en cada reto que procesa, esa metodología actúa como una gimnasia para el nivel actitudinal del pensar. Al “alargar” las habilidades para identificar y generar alternativas, su práctica va fortaleciendo la “confianza crítica” para tratar con nuevas situaciones. La evolución metodológica del pensar descubridor/inventivo/ /transformador en Brasil puede ser descrita a través del propio "estado del arte".
Por ser la integración sistémica del pensar-para-la-acción, la Creategia no se confunde con lo que se suele llamar de “creatividad” y nada tiene a ver con la autoayuda. Satisface especialmente a aquellas personas que no se iluden con las promesas de los gurúes y otros conmovedores mercadológicos.
La Creategia sintetiza metodológicamente el pensar estratégico, el proceso creativo, la heurística y el pensar crítico. Por eso, acrecienta capacitación y autonomía – en la proporción del upgrade alcanzado en los procedimientos del pensar – hasta mismo en las actividades más juiciosas, tales como consultoría, elaboración y seguimiento estratégico, gestión de conocimiento, diplomacia organizacional, acción política y desarrollo gerencial de alto nivel.